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La maravillosa tradición de los vestidos rarámuris 28 de Mayo del 2019 CHIHUAHUA

En el asentamiento, que forma parte de la colonia Martín López, viven unas quinientas personas rarámuris, a veces conocidas como tarahumaras, parte de un grupo indígena que ha sido desplazado por la sequía, la deforestación y el cultivo de drogas en la sierra Madre.

En la ciudad enfrentan aún otras dificultades, amplificadas por la forma en que los rarámuris destacan.

Las mujeres usan vestidos brillantes y a veces pasan tardes enteras cosiendo vestimentas tradicionales, sin importar las presiones de la población mayoritariamente mestiza de México para asimilarse a un estilo más “occidental”. 

Para el pueblo rarámuri, la asimilación es una negación, pero hay una idea muy arraigada entre algunas personas en México de que el progreso depende de abandonar ciertas tradiciones de la historia indígena del país.

Yulissa Ramírez, de 18 años, quiere desafiar esa noción. Tiene planes de estudiar Enfermería cuando se gradúe de la preparatoria, lo que significaría un uniforme casi obligatorio de ropas blancas, pero espera que el programa le permita usar un vestido rarámuri típico, de color blanco. “La sangre corre rarámuri y no nos debemos avergonzar”, dijo Yulissa.

La madre de Yulissa, María Refugio Ramírez, de 43 años, cose a mano todos sus vestidos, en línea con una tradición que data del siglo XVI cuando España invadió la sierra Madre. Durante los siglos siguientes, sacerdotes jesuitas instaron a las mujeres rarámuris a utilizar vestidos que cubrieran por completo sus cuerpos. 

Con el tiempo, ellas adoptaron las telas de algodón que llegaron con la colonia española para imprimirles sus propios diseños de triángulos y bordes coloridos. Hoy siguen haciendo a mano las vestimentas coloridas y florales, que destacan particularmente cuando las mujeres dejan su asentamiento financiado por el estado de Chihuahua y van hacia el paisaje urbano de edificios de concreto gris y centenares de personas con pantalones de mezclilla.

Su resistencia a ajustarse a estilos más “contemporáneos” a veces ha sido a costa del progreso económico, pero varias de las mujeres rarámuris buscan combatir esta noción. Ramírez, por ejemplo, cree que sus estudios de Enfermería ayudarán a mandar un mensaje de que el pueblo rarámuri es una parte vital del futuro de México y también de su presente.

Otras mujeres rarámuris han logrado monetizar sus habilidades. Por ejemplo, Esperanza Moreno, de 44 años, hace bordados en tortilleros, delantales y paños con imágenes de mujeres rarámuri en su vestimenta tradicional. 

Luego los vende a asociaciones sin fines de lucro que, a su vez, comercializan esos productos en tiendas y en supermercados Walmart de todo el país. Las mujeres también han empezado a vender las vestimentas tradicionales que cosen.

Hay esfuerzos dentro de la comunidad para ayudar a las mujeres rarámuris a asegurar un ingreso sostenible y a la vez mantener viva su tradición de costura. En 2015, Paula Holguín, de 46 años, empezó a capacitar a treinta mujeres rarámuris a usar máquinas de coser en un taller espacioso dentro de Oasis con el respaldo del gobierno estatal de Chihuahua. 

El gobierno había terminado de construir el espacio poco tiempo antes como parte de un proyecto para que esas mujeres tengan cómo conseguir los ingresos al hacer vestimentas por comisión.

Los hombres rarámuris suelen dejar atrás sus camisas, telas y sandalias tradicionales cuando van a la ciudad en busca de trabajos en la construcción, pero es poco común que las mujeres rarámuri intercambien sus vestidos por los uniformes que requieren ciertos empleadores. 

“Solo uso vestidos rarámuris”, aseguró Holguín, quien al igual que miles de mujeres pretende mantener viva la tradición de vestimenta y también las maneras de pensar la naturaleza y el cuidado el uno del otro de los rarámuris.
 

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