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The Joker, el “Frankenstein” del siglo XXI que buscó el amor y terminó por ser un monstruo sin piedad 09 de Octubre del 2019 DISTRITO FEDERAL

“Entre la vasta inmensidad de seres humanos que existía, no había nadie que pudiera apiadarse de mí o que me brindara su ayuda. ¿Y yo debería mostrarme afable con mis enemigos? No, a partir de ese momento declaré una guerra sin cuartel a la especie”. La cita bien podría pertenecer a Joker.

Describe a un individuo que intenta encontrar el amor en lo que le rodea y que, tras ser discriminado y apaleado, se acaba convirtiendo en un monstruo sin piedad. Pero no, el fragmento tiene muy poco de actual. Pertenece a Frankenstein, escrito en 1823.

El libro podría verse como un retrato de un “incel”, un hombre solitario y resentido con la sociedad. También de su incapacidad para ligar, porque recordemos que la máxima aspiración del monstruo era conseguir una acompañante. Sin embargo, es difícil de imaginar que Mary Shelley estuviera pensando en inspirar a asesinos en potencia, tal y como se está advirtiendo con Joker y el supuesto peligro de suscitar crímenes en masa.

Ha sido el tema de la semana, y resulta complicado empezar una crítica sin mencionarlo: la salvaje violencia del filme de Todd Phillips. Tanto, que hasta el FBI ha emitido un comunicado alertando sobre qué hacer en caso de que se produzca un tiroteo. También se han sumado a esta advertencia críticos y personalidades como la editora de cómics Heather Antos, quien avisó del peligro de la cinta haciendo referencia a la masacre de Aurora de 2012 en la que “el tirador se vistió como el Joker“.

No fue así. Ni iba disfrazado como el payaso (más bien como Bane, el villano de The Dark Knight Rises), ni dijo que “era el Joker”, ni siquiera su pelo estaba teñido de verde, sino de rojo. Todo fue un rumor ahora recuperado en forma de hilo viral con más de 16 mil reutits.

Tampoco ayudan las declaraciones de Todd Phillips cargando sobre “los ofendidos”, diciendo que su película “no es política” (cuando hasta Los Increíbles 2 pueden acabar defendiendo el neoliberalismo) ni la espantada de Joaquin Phoenix en una entrevista al ser preguntado sobre el tema.

Todo ello ha formado una bola de nieve que ha terminado con guardias de seguridad a las entradas de los cines que revisan a los espectadores de Joker con detectores de metales. Hasta Cinesa avisa antes de comprar las entradas de que “por cuestiones de seguridad” no se puede entrar a la sala con máscaras o armas de juguetes.

No es nuevo. Se trata de un discurso promulgado por el mismo Presidente, Donald Trump, que pocos meses antes culpó a los videojuegos de los asesinatos de Texas y Ohio. Como publicó la periodista Marta Trivi en su momento, no se trata de hablar de la violencia generada por el producto cultural en sí mismo, sino de “la violencia en la comunidad” sin negar con ello la responsabilidad de los autores en su representación de la sociedad.

De lo contrario, todavía se debatiría si la música rock nos convierte en satánicos, si El guardián entre el centeno tuvo la culpa del asesinato de John Lennon o si Taxi Driver, película de la que Joker no oculta sus referencias, fue la causante de que John Hinckley intentara asesinar a Ronald Reagan. Resulta curioso, además, que esta preocupación por las balas proceda principalmente de un país en el que derecho a poseer y portar armas está recogido en la Segunda Enmienda a la Constitución.
 

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